‘Operación Búfalo’: la sátira política de Filmin que se ríe de la carrera nuclear, pero no mucho
Críticas
‘Operación Búfalo’: la sátira política de Filmin que se ríe de la carrera nuclear, pero no mucho

Nominada a diez premios por la Academia Australiana en 2020, 'Operación Búfalo' es una mezcla de comedia mordaz y thriller de espionaje que denuncia las vergüenzas del programa nuclear británico durante la Guerra Fría. Sus seis capítulos son un pulso entre humor y drama que, por desgracia, acaba venciéndose hacia el lado equivocado.

Por Álvaro Ortiz - 31 Jan 2022

La carrera por desarrollar armas nucleares fue clave durante la Guerra Fría. Eran los tiempos de los agentes dobles, de la inteligencia, del top secret. Estados Unidos y la vieja Unión Soviética eran los principales competidores, pero no los únicos. En 1952, la Operación Hurricane demostró que Reino Unido también se apuntaba al programa nuclear. Su obsesión hizo que, en apenas cinco años, se convirtiera en el primer país europeo en conseguir la bomba atómica. Aquello se vendió como un éxito, pero nada más lejos de la realidad: el camino hasta ahí escondía muertos, enfermedades y un daño medioambiental que duraría décadas, y que hoy forma parte de una página de la historia que muchos prefieren pasar rápido y sin mirar. Ahí es dónde entra Operación Búfalo, una propuesta que no sólo se atreve a ahondar en lo ocurrido, sino que además lo hace a través del humor. O al menos, lo intenta.

La serie parte de los hechos reales que tuvieron lugar en Maralinga, una zona remota, árida y asfixiante en la parte occidental de Australia —en aquel momento, colonia británica—, durante el otoño de 1956. El gobierno británico, en colaboración con su homólogo australiano, ha instalado allí su base militar con un único objetivo: desarrollar su propia arma atómica. Al frente del cotarro está el comandante Leo Carmichael (Ewen Leslie), un capataz engominado, con fama de héroe y con un extraño parecido a Jesulín de Ubrique. Él se encarga de todo: supervisar las operaciones y la logística, mantener el secreto de la misión, y hasta lidiar con las ocurrencias de su superior, el entrañable oficial al mando Cranky (James Cromwell), una vieja gloria a quien la demencia ya juega malas pasadas. Todos en el campamento piensan que está chiflado. La historia demostrará que se equivocan. Y más cuando su arco de redención es el que de verdad representa la tesis humanista de la serie.

El personaje de James Cromwell es el alma moral de 'Operación Búfalo'
El personaje de James Cromwell es el alma moral de 'Operación Búfalo'

En su apuesta por aunar thriller político y sátira, el guion de Peter Duncan (Rake) y la debutante Tanya Phegan ya establece como detonante una situación tradicionalmente cómica: la visita inesperada. De tus padres, de tu jefe, de tu casero. En este caso, del alto comisionado y dos ministros fuertes del gobierno, ansiosos por comprobar los avances del programa nuclear. Esto provoca un desajuste en los planes de Leo. Ahora tiene horas en vez de días para movilizar al personal y preparar la demostración de una bomba atómica con una potencia igual a la que arrasó Hiroshima en 1945. A partir de ahí, el relato se abre en numerosos frentes, a veces difíciles de conjugar en un mismo tono: las filtraciones a la prensa, la propaganda y el vicio de la clase política; el viaje espiritual de Cranky y su relación con una familia aborigen que vive en la zona; o la desaparición de una prostituta en la base militar y la posterior ola de chantajes y persecuciones entre sus compañeras y el ASIO, la Organización Australiana de Seguridad e Inteligencia.

En el desarrollo de estas subtramas es dónde Operación Búfalo evidencia su mayor problema: la irregularidad tonal. La primera mitad cumple con acierto su promesa satírica, con situaciones que abrazan de lleno la tragicomedia y que se suceden como fichas de un dominó, apuntalando cada vez más la situación de caos que atraviesa el protagonista. Es una de las reglas de oro de la comedia: tírale piedras a tu personaje. Bajo esta fórmula llegan los mejores momentos de la serie, con Leo sirviendo de apagafuegos en medio de un auténtico circo y repitiéndose a sí mismo un lema: “Nunca es fácil, joder”. Pero aún menos cuando tienes que lidiar con prostitutas que amenazan con revelar secretos de estado, políticos a los que hay que conceder sus caprichos ridículos, o aborígenes que están ahí pero que nadie debe saber que existen. Entonces, llega el ecuador de la temporada y la propuesta rompe el equilibrio. Adiós al humor.

La relación entre Eva y Leo cobra importancia en la segunda mitad de la serie.
La relación entre Eva y Leo cobra importancia en la segunda mitad de la serie.

Este viraje hacia el dramatismo se da en el momento que Operación Búfalo ahonda en las consecuencias reales detrás de la experimentación nuclear. Como demuestra la historia, Maralinga quedó contaminada con desechos radiactivos, lo que afectó terriblemente a la naturaleza, a la supervivencia de los Maralinga Tjarutja —el pueblo indígena que vivía allí—, y también a núcleos de población más alejados debido a la propagación de nubes tóxicas. Una auténtica salvajada que tanto Clement Attlee como Robert Menzies, responsables políticos de Reino Unido y Australia, vendieron entonces ocultando información y con la imperdonable excusa de que aquel progreso salvaría vidas. Pero no esquivemos la pregunta: ¿esto podía haberse tratado sin renunciar al humor? Da para debate. Sin embargo, quién escribe lo tiene claro y entiende el valor de la comedia como herramienta crítica para digerir, reflexionar y denunciar cualquier horror.

La inconsistencia del conjunto se vuelve a demostrar cuando la ficción decide tocar temas como la depresión, el existencialismo o la violación. Para entonces, la serie ha olvidado quién era. Y ese cambio de registro, que no tendría por qué ser negativo, es brusco y enciende la alarma de un espectador que, sospechoso, achina los ojos frente a la pantalla con la sensación de que, tal vez, la serie ha perdido el rumbo. Pruebas no faltan: resoluciones atropelladas, una historia de amor que parece autoimpuesta, o el error de eliminar del mapa a Maralinga como escenario principal, con la pérdida de personalidad que eso supone. Pese a todo, resulta difícil afirmar que Operación Búfalo no sea entretenida. ¿Y cómo puedes decir eso ahora? Hay varios factores: el interés que suscita la historia real, el carisma de los actores, o que todo esto de la Guerra Fría está de moda y desde el principio he sido un agente doble.