Ver o no ver: 'Minx' (HBO Max)
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Ver o no ver: 'Minx' (HBO Max)

Cada vez hay más series y menos tiempo para verlas. Por eso, si eres de los que les cuesta encontrar horas libres en el día, esto te interesa. Cada semana elegimos una serie de estreno, analizamos su primer capítulo en pocas palabras y nos mojamos para descifrar si de ahí saldrá una buena historia. Así sabrás si merece la pena seguir viéndola o no. O lo que es lo mismo: si vas a perder tu tiempo, o a invertirlo.

Por Álvaro Ortiz - 25 Mar 2022

Cuando El segundo sexo llegó a Estados Unidos en 1953, estaba iniciando el camino hacia la segunda ola feminista. La obra, escrita por la francesa Simone de Beauvoir y considerada el ensayo más importante del siglo XX para el colectivo, fue el germen de La mística femenina de Betty Friedan, publicada una década más tarde. Aquel libro vendió tres millones de ejemplares en sólo tres años y provocó el resurgimiento del movimiento. En medio de estos vientos modernos, otra escritora, Gloria Steinem, fundó en 1972 la revista Ms, que, pese a ser prohibida en librerías públicas y boicoteada en quioscos, consiguió hacer mainstream la lucha por los derechos de la mujer. El debate ya estaba en la calle —y en la serie Mrs. America. Y su eco pronto resonaría también en el mundo de los negocios.

Bob Guccione, creador de Penthouse —también de Viva, para mujeres—, fue uno de los que vieron en el despertar sexual femenino una oportunidad de oro para vender revistas porno con hombres desnudos. De todas aquellas, la que mejor cuajó fue Playgirl, del empresario nocturno Douglas Lambert, en 1973. Llegó a vender 1,5 millones de copias por número. Pero aquella moda acabó trayendo consigo el declive del colectivo feminista, que se enzarzó en debates internos sobre su posición acerca de la pornografía y la sexualidad. ¿El porno convierte a las mujeres en objetos sexuales? ¿Las empodera? ¿Una mujer tiene que sentirse avergonzada por su deseo sexual? ¿Acaso no es la libertad sexual parte esencial de la libertad de la mujer? Todas estas cuestiones son el fondo de Minx, la nueva comedia de HBO Max.

De qué va

Los Ángeles, 1971. Joyce (Ophelia Lovibond) es una joven idealista y de férreas convicciones que sueña con hacer realidad su proyecto: The Matriarchy Awakens (El despertar del matriarcado), una revista feminista que se desmarca del resto de publicaciones para mujeres de la época y pretende concienciarlas acerca de temas como la igualdad salarial o el derecho al aborto. Todo mediante ensayos densos y elevados y un tono bronco, casi bélico. Suena innovador, pero la verdad es que a nadie le interesa su revista. Al menos hasta que conoce a Doug Renetti (Jake Johnson), un editor al que ella llama "misógino" pero que es el primero en verle potencial a su idea. Ni siquiera su novio Glenn (Michael Angarano) lo había hecho antes. Sin embargo, la visión que tiene Doug de El despertar del matriarcado es bastante distinta a la de Joyce.

Para empezar, porque Doug es dueño de Bottom Dollar, un sello que imprime revistas porno para hombres heterosexuales. Le va bien publicando tetas y culos a doble página, pero intuye que hay un mercado por explotar: no existen las revistas eróticas para mujeres. Por supuesto, su modelo de negocio choca frontalmente con las aspiraciones de Joyce, que se niega a convertir El despertar del matriarcado en un catálogo de manubrios. Lo suyo debía ser inspirador, un jardín para la reflexión. Pero Doug no le pide que renuncie a sus ideas, tan sólo que ayude a digerirlas mezclándolas con “lo que vende”: desnudos, carne. Será “como cuando das una pastilla a un perro, que primero la cubres con crema de cacahuete”. Sólo así podría comenzar la historia de la primera revista porno feminista.

Lo mejor y lo peor

Doug (Jake Johnson) y Joyce (Ophelia Lovibond) son el motor de 'Minx'.
Doug (Jake Johnson) y Joyce (Ophelia Lovibond) son el motor de 'Minx'.

Minx nace del choque entre dos personalidades opuestas: Joyce y Doug. Ella es una mojigata con miedo a divertirse; él, un pendenciero loco por la pasta. Aunque parezca mentira, cada uno representa una versión del feminismo de entonces: Joyce, educada en Vassar, bien podría pertenecer al colectivo WAP (Women Against Pornography), que en los 70 y 80 luchaba por censurar la pornografía y promulgar una imagen de la mujer más asociada a la moralidad y las buenas costumbres; Doug, en cambio, encaja en el discurso de las feministas prosexo o sexualmente positivas, quienes defienden que la mujer pueda disfrutar de su sexualidad en libertad: cómo y cuándo ella decida, sin tener que avergonzarse por sentir placer o mostrar su cuerpo si así lo desea. Aquí está la voz de la serie.

Su creadora, la guionista Ellen Rapoport (Atrapa ese e-mail), encuentra en Doug y su universo un espejo al que enfrentar las convicciones de Joyce. La serie acierta al no posicionar la visión de la protagonista como la verdad absoluta, abrazando su dualidad y empujándola a un viaje en el que acabe entendiendo, no sólo que la industria del porno —mal que le pese— tiene el potencial para promulgar sus ideas, sino que éstas, quizás, podrían no ser tan liberadoras como ella cree. De hecho, Joyce es mejor personaje cuando se equivoca; cuando entiende que hay mujeres que sienten su libertad de otra manera; cuando atisba que la solución no pasa por imponer, sino por conciliar. Sin duda, la evolución gradual que plantea el primer episodio para Joyce está genialmente ejecutada y exprime también otro de los puntos fuertes de la serie: el humor.

Más allá de las reflexiones que pueda generar, Minx está construida como una workplace comedy o comedia de trabajo. Rapoport lo reconoce: “Si eres guionista y alguien está hablando de feministas y pornógrafos trabajando juntos, ¿cómo no va a encenderse tu cerebro?”. Así, la premisa nace de juntar a personajes con un objetivo común pero con personalidades muy distintas. Ahí está el conflicto. Por eso —y por la química de sus intérpretes—, el motor de la propuesta está en Joyce y Doug. Pero hay más, pues el guion da con una mina de oro haciendo sentir a Joyce como un pez fuera del agua en su nuevo lugar de trabajo. Sólo hay que ver su cara cuando ve desfilar una cabalgata de pollas delante suya. Una hasta hace el molinillo. También los secundarios resultan memorables, especialmente Bambi (Jessica Lowe) o la mano derecha de Doug, Tina (Idara Victor); suya es la mejor presentación del capítulo, con ese: “Oh, no soy la secretaria. Sólo soy negra”.

Veredicto

'Minx' es una comedia de trabajo muy prometedora.
'Minx' es una comedia de trabajo muy prometedora.

El sabor que deja Minx es muy positivo y, verdaderamente, hay pocos argumentos para no recomendarla. Si lo que buscas es una comedia que te haga disfrutar, estás de enhorabuena: la serie entretiene y saca el máximo beneficio a su media hora, con un montaje inspirado y un estilo ágil, trufado de gags visuales y diálogos irreverentes pero cargados de significado. Lo cierto es que este piloto tiene un ritmo envidiable.

Aún así, dónde la ficción alcanza el plus es en el tratamiento de sus personajes y de su tesis. Al menos en su presentación, a Rapoport y a su equipo les ha salido la jugada: ni Joyce ni Doug caen en el estereotipo, sino que se muestran como personajes imperfectos, egoístas, falibles, humanos. Es difícil no enamorarse de ellos mientras la serie, siempre autocrítica en su discurso, va añadiendo capas y matices entre desnudo y desnudo. Si así es como vamos a romper tabúes, rompámoslos todos.